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Cuatro horas después están en Villasalencia. Es un pueblo
blanco, con balcones de madera y flores en los balcones.
Hace mucho calor. Están allí Miguel, Paco, Lola y también
Margarita. No ha querido quedarse en Madrid: ella ha
resuelto el caso, ella ha encontrado a Víctor.
Adelina les espera en la carretera, en la entrada del pue-
blo. Luego, les lleva hasta una casa de las afueras. Es una
casa de campo, en una dehesa
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. Miguel aparca el coche
cerca de la casa, a unos 50 metros. Todo está muy tranquilo.
Bajan del coche y se acercan a pie. De pronto se oye un
piano y una voz que canta una canción:
–Solo, muy sooooooolo, sin tiiiiiiiiiiiiiiii…
A Lola le parece muy cursi, pero Margarita y Adelina
sacan los
kleenex
.
Se quedan unos minutos callados, junto a la puerta.
Entonces aparece un perro, un
setter
irlandés precioso.
–¿Veis? Es él… Está aquí. ¿Creéis que está solo? ¿O está
secuestrado?
–Solo, está solo. Quiere estar solo –dice Paco.
–Esperadme aquí. Quiero hablar con él. No vamos a ir
todos, ¿no?
Margarita y Adelina se quedan, pero con mala cara.
Lola llama a la puerta.
Víctor Monasterio abre la puerta. Es mucho más bajito de
lo que parece en la tele. Más bajito y más feo. Y un poco
calvo. Parece tranquilo. Mira a Lola y le dice:
–Eres Lola Lago, ¿no?
–¿Cómo lo sabe?
–Mi amigo Laure me ha hablado de usted. Vamos, de ti.
Podemos tutearnos, ¿no?
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–Sí, claro.
–O sea que él te ha ayudado…
–Exacto.
–Es un buen amigo. Seguramente el único que tengo.
Pasa, por favor.
–Víctor…, sólo una pregunta: ¿qué haces aquí?
–Escapar, descansar, escribir canciones…
–¿Escapar? ¿De tu mujer, de tu amigo Salinas?
–Sí, no es una broma. ¿Sabes? Quieren asesinarme…
–¿Cómo lo sabes?
–Es una larga historia. Laure oyó una conversación: mis
cafés tenían pequeñas dosis de un producto, ¿sabes? Un
producto muy peligroso. Ese producto, si lo tomas durante
un tiempo, produce un infarto. O sea, «muerte natural».
Salinas estudió Medicina antes de entrar en el mundo de la
música.
–¿Y ahora qué vas a hacer?
–No lo sé. Ir a la policía. Divorciarme, romper los contra-
tos con Salinas… No lo sé. A lo mejor me quedo aquí…
–Sólo una pregunta más: ¿quién escribió las notas?
–Laure. Laure tiene muy buenas ideas. ¿Quieres saber un
secreto? Es él quien escribe mis canciones…
–Sí, lo de las notas fue una idea muy buena. «Divide y
vencerás»
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.
–Si Liliana y Salinas no están juntos, no son tan peligro-
sos. Y ahora… ¿vas a explicarles a tus clientes dónde estoy?
–No, tranquilo, ya no son mis clientes.
–Por cierto… ¿Cómo me has encontrado?
–Unas fans te han encontrado.
–¿Unas fans?
–Sí, están ahí fuera. Y quieren verte…
Víctor sale de la casa. Ahora es otra vez la estrella de la
canción. Coge dos rosas del jardín. Va hacia Margarita y
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Adelina, les da las rosas y un beso a cada una. Margarita casi
se cae de la emoción y Lola piensa:
–Es un hortera.
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Al día siguiente llegan todos muy pronto a la oficina. A
las diez, Feliciano sube con los periódicos y con unos
cafés
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. Está un poco nervioso porque ha dejado en el
cajón de Margarita su último poema. Anónimo, claro. Deja
los periódicos, sin mirarlos, en la mesa de Lola. Y Lola
empieza a gritar:
–¡Chicos! ¡Venid! ¡Mirad esto…!
En la primera página hay una foto de Lola y otra de
Víctor Monasterio.
–«La detective Lola Lago aclara el misterio de la extraña
desaparición de Víctor Monasterio.» –lee Lola.
–¿Lo veis? ¡Somos famosos! Ahora sí vamos a tener clien-
tes... –dice Paco.
–¿Y yo? ¿No hablan de mí? –pregunta Margarita, un
poco enfadada.
–Sí, mujer, mira, aquí, más abajo…
Margarita lee el artículo. También habla de Margarita y
de Adelina, y de Villasalencia. Luego pregunta:
–¿Y cómo saben todo esto los periodistas?
–Bueno, yo…, es que tengo un amigo que trabaja en la
Agencia EFE
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...–confiesa Miguel– y he pensado que nadie nos
va a pagar este caso. Al menos un poco de publicidad, ¿no?
–Eres un buen hombre de negocios.
Luego, empieza a sonar el teléfono. Llamadas y llamadas
para hacerles entrevistas. Pero hay una llamada diferente.
Es Laure Montero que quiere hablar con Lola.
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–Quiero hablar contigo. No fui muy amable el otro día
y… ¿Por qué no comemos juntos?
Lola se acuerda de sus bonitos ojos, cuando sonríe.
–De acuerdo. Hay un pequeño restaurante en mi barrio…
–¿Te recojo en tu oficina a las dos y media?
Cuando salen juntos de la oficina, cinco periodistas les
atacan con sus cámaras y sus micros. Ni Lola ni Laure quie-
ren hablar.
–Vas a ver: esta semana en las revistas van a decir que
estamos enamoradísimos –dice Lola.
Laure no dice nada. Sonríe.
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Por la tarde Margarita empieza a quitar de la pared las
fotos de Víctor.
–¿Qué pasa? ¿Ya no te gusta? –le pregunta Paco sor-
prendido.
–Mira, cuando conoces a los famosos personalmente…
No sé… Es muy bajito y un poco calvo. Me gusta más mi
Tony.
Feliciano muerde con tristeza un bocadillo de sardinas.
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